Confieso que la música campesina siempre me ha gustado, por su belleza y originalidad.
Desde pequeño ya tuve relación con esa manifestación de la cultura cubana, pues en la zona de Pompita, Malvango y El Palenque, barrios cercanos a la ciudad de Bayamo, se daban fiestas, especialmente los domingos y a ellas acudían mis padres, quienes me llevaban en ese viaje.
Fue ahí que comenzó a introducirse en mi gusto esa música que sale de los platanales, de los cafetales y de cualquier rincón de Cuba donde se encuentre un campesino amante de lo suyo y de esa cultura que lleva dentro.
Aquí en Bayamo hemos tenido buenos intérpretes de la música campesina, que yo recuerde está Marianito Hernández, lamentablemente ya fallecido, un decimista nacido en la zona de Velasco, en Holguín y que vino a esta ciudad, echó raíces y creó una familia.
Marianito, como le llamaban, era de los buenos repentistas de Cuba, así reconocido por los especialistas, y por eso tejió una leyenda que aún, con el paso de los años, no se puede borrar.
En Radio Bayamo era líder del grupo campesino, y sus memorables improvisaciones llegaban a las montañas y a los llanos de esta zona oriental, creando una relación muy fluida con los oyentes, algunos de los cuales visitaban el estudio, solo para ver a Marianito y disfrutar de su capacidad y su talento como decimista.
Recuerdo que muchas veces lo acompañé a él y al grupo campesino en visitas a la Sierra Maestra. Aquellos encuentros con los montañeses eran de leyenda. Lo querían tocar, lo querían escuchar y tampoco querían que se marchara.
Tal era su prestigio en el campo de la décima cantada, que incluso de la capital venía personas a conocerlo y a compartir con él sobre sus experiencias como intérprete de esa música que llevamos dentro, sea uno campesino o sea un ciudadano de lo urbano.
Aun cuando ya no está físicamente entre nosotros, se le recuerda con cariño, es que un artista de su estirpe no puede ser olvidado por el pueblo que lo aplaudió en cada presentación.
Mariano Hernández le cantó al campesino, a la Palma Real, a la Revolución, a la Patria, a la Bandera.
Sus décimas hoy se multiplican en cada cooperativa, en cualquier cafetal o en medio de los cañaverales, es que su impronta no se fue con él, quedó entre nosotros, como el legado poético que no podemos perder.
Autor: David Rodriguez Rodríguez
Editado desde la ciudad de Bayamo, Cuba, por el periodista David Rodríguez Rodríguez.
Posicionamiento
Web
<a href="https://twitter.com/share" class="twitter-share-button" data-url="www.fidel-elcedro.blogspot.com" data-count="vertical" data-via="WILBERDAVID"
Seguidores
domingo, 25 de mayo de 2008
domingo, 18 de mayo de 2008
CRÓNICA DE UNAS VACACIONES EN EL LLANO
Enrique López (Alí Ko), amigo mío y de Cuba, falleció el 10 de Enero de 2005 en la ciudad de Maracay, Estado Aragua, República Bolivariana de Venezuela. Sirva la publicación de su última crónica, como nuestro homenaje sencillo y sincero.
-------------------------------------------------------------------------------------------------
Karol había trabajado tenazmente todo el año y soñaba con unas vacaciones, que compartiría con sus dos hijos y su madre, mujer bastante mayor.
Las fechas estaban disponibles: entre el 31 de diciembre y el lunes 10 de enero nadie trabaja en Venezuela, y en la ciudad de Maracay, dónde radica, las personas buscan salir a algún lado. Tienen relativamente todo cercano; playa, campo, montaña y la ciudades de Caracas o Valencia, que en ésta época del año provoca visitarlas, por la tranquilidad que reina en estos días de asueto.
Varias ideas se agolpaban en su cabeza, pero los planes se derrumbaban por una traba bastante común; la falta de dinero. Entre las fiestas, haber pintado su modesta casita, los arreglos de su viejo carrito, y algún regalito a sus más íntimos, la tenían con los bolsillos vacíos.
Entonces se acordó de su primo, el de Barbacoa, el que siempre la estaba invitando a quedarse unos días en su finquita, y que tenía cómo respaldo excelentes paisajes campestres, uno que otro caballo para montar, sobre todo sus muchachos, río para un buen baño, y la paz y la tranquilidad del campo, que la invitaban a descansar. Además, con sólo llenar el tanque de gasolina, que en Venezuela es muy económico, aseguraba un presupuesto de vacaciones, que no disponía.
El mismo 1ro.de enero, después de dormir la trasnochada de fin de año, partieron alegres a su campestre destino, al que estaban arribando 3 horas después.
Efectivamente aquello era casi un paraíso. Gente noble, hospitalaria y la tranquilidad que necesitaba.
Al otro día acompañaron a su primo y el resto de la familia, al pueblo, dónde se concentra el comercio del lugar, bares y panadería, así cómo oficinas del gobierno regional, una sala de cine que proyecta películas de muy viejo estreno, una farmacia, la estación de policía y un grupo de médicos y paramédicos cubanos.
En aquel pueblito llanero y humilde de Aragua, el mismo que alumbra la luna y algún farol antiguo, se encontró con dos doctores de medicina general, una estomatóloga, un técnico optometrista y también una oftalmóloga.
Entonces su primo, después de saludarse con los galenos, con la alegría y cariño con que se saluda al buen vecino, les dijo a los cubanos: -"Doctores, ésta es mi familia de Maracay, ¿les pueden dar una chequeadita?...
Minutos después, la anciana era recetada para esos dolorcitos y achaques que dan los años, y se llevaba las medicinas en mano. Uno de los muchachos era controlado del principio de una caries, y el mayor y la señora, después de un minucioso examen, corroboraron problemas de visión que solucionarían espejuelos, los mismos que dos días después recogerían.
No lo podían creer; habían ido de vacaciones y regresaban atendidos médicamente, descansados y felices.
Nuevamente por los pobres de la Tierra, la solidaridad cubana se hacia sentir en la familia venezolana y aunque en Maracay no hay barrio humilde dónde no exista un médico de la mayor isla del Caribe, fue el pueblito llanero testigo de la integración de los hijos de Bolívar y Martí.
-------------------------------------------------------------------------------------------------
Karol había trabajado tenazmente todo el año y soñaba con unas vacaciones, que compartiría con sus dos hijos y su madre, mujer bastante mayor.
Las fechas estaban disponibles: entre el 31 de diciembre y el lunes 10 de enero nadie trabaja en Venezuela, y en la ciudad de Maracay, dónde radica, las personas buscan salir a algún lado. Tienen relativamente todo cercano; playa, campo, montaña y la ciudades de Caracas o Valencia, que en ésta época del año provoca visitarlas, por la tranquilidad que reina en estos días de asueto.
Varias ideas se agolpaban en su cabeza, pero los planes se derrumbaban por una traba bastante común; la falta de dinero. Entre las fiestas, haber pintado su modesta casita, los arreglos de su viejo carrito, y algún regalito a sus más íntimos, la tenían con los bolsillos vacíos.
Entonces se acordó de su primo, el de Barbacoa, el que siempre la estaba invitando a quedarse unos días en su finquita, y que tenía cómo respaldo excelentes paisajes campestres, uno que otro caballo para montar, sobre todo sus muchachos, río para un buen baño, y la paz y la tranquilidad del campo, que la invitaban a descansar. Además, con sólo llenar el tanque de gasolina, que en Venezuela es muy económico, aseguraba un presupuesto de vacaciones, que no disponía.
El mismo 1ro.de enero, después de dormir la trasnochada de fin de año, partieron alegres a su campestre destino, al que estaban arribando 3 horas después.
Efectivamente aquello era casi un paraíso. Gente noble, hospitalaria y la tranquilidad que necesitaba.
Al otro día acompañaron a su primo y el resto de la familia, al pueblo, dónde se concentra el comercio del lugar, bares y panadería, así cómo oficinas del gobierno regional, una sala de cine que proyecta películas de muy viejo estreno, una farmacia, la estación de policía y un grupo de médicos y paramédicos cubanos.
En aquel pueblito llanero y humilde de Aragua, el mismo que alumbra la luna y algún farol antiguo, se encontró con dos doctores de medicina general, una estomatóloga, un técnico optometrista y también una oftalmóloga.
Entonces su primo, después de saludarse con los galenos, con la alegría y cariño con que se saluda al buen vecino, les dijo a los cubanos: -"Doctores, ésta es mi familia de Maracay, ¿les pueden dar una chequeadita?...
Minutos después, la anciana era recetada para esos dolorcitos y achaques que dan los años, y se llevaba las medicinas en mano. Uno de los muchachos era controlado del principio de una caries, y el mayor y la señora, después de un minucioso examen, corroboraron problemas de visión que solucionarían espejuelos, los mismos que dos días después recogerían.
No lo podían creer; habían ido de vacaciones y regresaban atendidos médicamente, descansados y felices.
Nuevamente por los pobres de la Tierra, la solidaridad cubana se hacia sentir en la familia venezolana y aunque en Maracay no hay barrio humilde dónde no exista un médico de la mayor isla del Caribe, fue el pueblito llanero testigo de la integración de los hijos de Bolívar y Martí.
viernes, 16 de mayo de 2008
LAS ROSQUITAS DE TATI
Cada pueblo tiene sus tradiciones y sus personajes, elementos indispensables en el camino que lleva a conformar una historia, que con el paso del tiempo, crece en profundidad e importancia.
Bayamo, como pueblo fundador, ha contado siempre con personas que le han dado brillo a la ciudad con sus contribuciones en diversas esferas de la vida.
Esas personas están en la memoria de los que con ellas compartieron y de los que han ido conociéndolas, de manera oral, escrita o visual.
Entre ellas, tenemos a un hombre que nos enseñó una de las granjerías favoritas de los bayameses de antaño, y que no debiera perderse en el laberinto de la desidia y el tiempo.
Me refiero, sencillamente a Tati, un hombre querido por su pueblo y quien contribuyó a la historia cultural bayamesa con las famosas rosquitas, conocidas nacional e internacionalmente.
Hombre afable, siempre sonriente, dejó una estela de cariño en la población de Bayamo, cultivando las amistades verdaderas que él se quiso dar.
Hoy las rosquitas siguen estando cerca de la Plaza de la Revolución, donde tenía Tati su punto de venta. Unas veces las ofrece su hijo, heredero de ese arte ancestral bayamés de la elaboración de ese producto.
Dicen que hay misterios en los ingredientes de las rosquitas, dicen que Tati se llevó la receta más exacta para su elaboración, pero lo cierto es que siguen aquí, en Bayamo, como una muestra de una granjería, que no siquiera el paso del tiempo ha podido eliminar.
Entonces aboguemos para que se eternice su presencia y que otros Tati, con amor y delicadeza, tengan la posibilidad de ofrecer las rosquitas bayamesas, tan apreciadas por los hijos de la Ciudad Monumento.
Autor: David Rodriguez Rodríguez
Bayamo, como pueblo fundador, ha contado siempre con personas que le han dado brillo a la ciudad con sus contribuciones en diversas esferas de la vida.
Esas personas están en la memoria de los que con ellas compartieron y de los que han ido conociéndolas, de manera oral, escrita o visual.
Entre ellas, tenemos a un hombre que nos enseñó una de las granjerías favoritas de los bayameses de antaño, y que no debiera perderse en el laberinto de la desidia y el tiempo.
Me refiero, sencillamente a Tati, un hombre querido por su pueblo y quien contribuyó a la historia cultural bayamesa con las famosas rosquitas, conocidas nacional e internacionalmente.
Hombre afable, siempre sonriente, dejó una estela de cariño en la población de Bayamo, cultivando las amistades verdaderas que él se quiso dar.
Hoy las rosquitas siguen estando cerca de la Plaza de la Revolución, donde tenía Tati su punto de venta. Unas veces las ofrece su hijo, heredero de ese arte ancestral bayamés de la elaboración de ese producto.
Dicen que hay misterios en los ingredientes de las rosquitas, dicen que Tati se llevó la receta más exacta para su elaboración, pero lo cierto es que siguen aquí, en Bayamo, como una muestra de una granjería, que no siquiera el paso del tiempo ha podido eliminar.
Entonces aboguemos para que se eternice su presencia y que otros Tati, con amor y delicadeza, tengan la posibilidad de ofrecer las rosquitas bayamesas, tan apreciadas por los hijos de la Ciudad Monumento.
Autor: David Rodriguez Rodríguez
LUIS CARLOS SUÁREZ. NARRADOR Y POETA
Desde La Loma de los Gatos, leo Las Mentiras del Rey Arturo, quien, además de llevar en sus manos El Anillo de la Condesa, pronuncia Las Palabras del Otro, que afirman: Las Cigüeñas no Vienen de Paris y que sí esperan El Regreso del Guerrero.
En sus Papeles Nevados plasma el poeta encumbradas y sencillas metáforas, recorriendo su propia piel, buscando en ella motivaciones repetidas en los semejantes que lo rodean, y que le ofrecen las musas que pueblan su inmenso bosque intelectual.
No es de los que anda por las ramas de los árboles, sabe de la debilidad de éstas, por eso se aferra al tronco, Padre de todas las fuerzas, espirituales y del pensamiento.
En sus ojos guarda la imagen del viejo pescador que conoció en el litoral, haciendo realidad la máxima: Todo el Mar es Mío, y esa expresión es muy cierta, pues con él cabalga el salitre que en su ciudad natal pulula.
Manzanillero, santiaguero, bayamés, muy cubano, su poesía navega en el Golfo, en el arroyo, y vuela en los colores patrios del Tocororo, dueño de la Palma Real.
Del amor que ha forjado han surgido sus más hermosas poesías, que crecen inevitablemente en el seno familiar, compartiendo con la flor de su vida, el fruto de esa unión.
Nuestro idioma, tan bello y original, quizás guarde las palabras que mejor pueden fotografiar su alma, pero estas son las mías, sería muy difícil hablar de Luis Carlos Suárez, algo así Como el Cuento de Nunca Acabar.
Autor: David Rodríguez Rodríguez
NOTA: En este homenaje que dedico a Luis Carlos Suárez, me he valido, esencialmente, de los títulos de sus libros, para armar el texto que está mas arriba
En sus Papeles Nevados plasma el poeta encumbradas y sencillas metáforas, recorriendo su propia piel, buscando en ella motivaciones repetidas en los semejantes que lo rodean, y que le ofrecen las musas que pueblan su inmenso bosque intelectual.
No es de los que anda por las ramas de los árboles, sabe de la debilidad de éstas, por eso se aferra al tronco, Padre de todas las fuerzas, espirituales y del pensamiento.
En sus ojos guarda la imagen del viejo pescador que conoció en el litoral, haciendo realidad la máxima: Todo el Mar es Mío, y esa expresión es muy cierta, pues con él cabalga el salitre que en su ciudad natal pulula.
Manzanillero, santiaguero, bayamés, muy cubano, su poesía navega en el Golfo, en el arroyo, y vuela en los colores patrios del Tocororo, dueño de la Palma Real.
Del amor que ha forjado han surgido sus más hermosas poesías, que crecen inevitablemente en el seno familiar, compartiendo con la flor de su vida, el fruto de esa unión.
Nuestro idioma, tan bello y original, quizás guarde las palabras que mejor pueden fotografiar su alma, pero estas son las mías, sería muy difícil hablar de Luis Carlos Suárez, algo así Como el Cuento de Nunca Acabar.
Autor: David Rodríguez Rodríguez
NOTA: En este homenaje que dedico a Luis Carlos Suárez, me he valido, esencialmente, de los títulos de sus libros, para armar el texto que está mas arriba
jueves, 15 de mayo de 2008
MIS MAESTRAS DE LA ESCUELA PRIMARIA
Mi paso por la escuela primaria resulta inolvidable por todas las emociones vividas, y la enseñanza adquirida gracias a unas maestras que lo dieron todo para que me formara como un buen ciudadano.
Recuerdo perfectamente la primera escuela, donde está hoy en Bayamo, la empresa eléctrica en la calle Carlos Manuel de Céspedes, precisamente ese es el nombre del centro escolar, que aún lo mantiene pero ya en otro local más amplio y más hermoso.
Existía lo que hoy se llama el preescolar, creo que se le decía kindergarten, allí dos maestras, Olga y Esther, me llenaron la vida de fantasías y sueños, enseñándome las letras y los números, hablándome de agradables historias, de duendes y de magos, de los próceres de la patria, especialmente de José Martí.
Fue una etapa muy linda, con esas maestras amables, hermosas ellas mismas, que con su pedagógico proceder, inculcaron en mi el respeto a las personas mayores, a los símbolos cubanos, el amor a mis padres y al estudio.
Luego, ya en primer grado, me recibió una de esas maestras que son insoslayables. Qué manera de enseñarme esa maestra mía a la que llamaban Tula, así, de esa manera breve, como si esa brevedad pudiera resumir toda la grandeza de su espíritu y de su alma.
Acabé el primer grado y al llegar a mi aula de segundo, encontré quizás a una de las más dulces maestras de mi vida: Ida Escalante. No solo era alta, también tenía la virtud de enseñar con un susurro de voz, que a veces ni se escuchaba, pero era tal el respetuoso silencio reinante, que pude, perfectamente recibir sus enseñanzas.
Y así, casi de repente, me ví en otra aula, la de tercero. Ahí sí que me quedé pasmado con la maestra, residía en Palma Soriano y viajaba diariamente a Bayamo para dar clases. Inés Fernández, una mujer de gran estatura, bueno, la recuerdo así desde mi pequeña altura. Buena persona y buena maestra.
Un día Inés no se presentó en el aula. Dijeron que se había marchado para La Habana. Luego me enteré que era una conspiradora contra la tiranía batistiana y ante amenazas de muerte, optó por el exilio en la capital cubana.
Ese percance me permitió entrar en contacto con otra maestra, bien preparada ella, pero de unos nervios saltarines. Eddy Pineda.
Con una regla casi hizo un hueco en su escritorio, llamándo al silencio y a la organización. Lograba por momentos controlar la situación, pero seguidamente los reglazos parecían disparos y perdía la paciencia. No pocas veces hizo blanco en mí aquel largo rectángulo.
Un día, no recuerdo la causa, apareció en el aula otra maestra: Anitica. Llegaba con un historial tremendo en eso de poner a cada alumno en su lugar, a tal punto, que traía el apodo de Amansaguapo.
De verdad que lo tenía bien ganado. Iba por la fila doble, desde el principio hasta el final, dando reglazos con una velocidad en los brazos que ya quisieran posee algunos peloteros cubanos.
Pero era buena Anitica, desde sus espejuelos nos escrutaba la mirada, buscando alguna duda en la asignatura que se impartía, para aclarar, para ayudar.
Y llegó Clara Jardines, santiaguera, maestra de quinto grado. Amable, graciosa, puntual y eficiente. Clara tenía conocimiento y bondad. Poseía uno de esos dones hermosos del ser humano, era solidaria y ayudaba hasta el cansancio al que no alcanzaba a entender lo que explicaba.
Esta es una visión de mis maestras, desde el preescolar, hasta el quinto grado. De todas guardo hermosos recuerdos. Todas me enseñaron a ver la vida de manera diferente. Me enseñaron amor a la tierra donde vivo y amor a la Patria que me enaltece.
Recuerdo perfectamente la primera escuela, donde está hoy en Bayamo, la empresa eléctrica en la calle Carlos Manuel de Céspedes, precisamente ese es el nombre del centro escolar, que aún lo mantiene pero ya en otro local más amplio y más hermoso.
Existía lo que hoy se llama el preescolar, creo que se le decía kindergarten, allí dos maestras, Olga y Esther, me llenaron la vida de fantasías y sueños, enseñándome las letras y los números, hablándome de agradables historias, de duendes y de magos, de los próceres de la patria, especialmente de José Martí.
Fue una etapa muy linda, con esas maestras amables, hermosas ellas mismas, que con su pedagógico proceder, inculcaron en mi el respeto a las personas mayores, a los símbolos cubanos, el amor a mis padres y al estudio.
Luego, ya en primer grado, me recibió una de esas maestras que son insoslayables. Qué manera de enseñarme esa maestra mía a la que llamaban Tula, así, de esa manera breve, como si esa brevedad pudiera resumir toda la grandeza de su espíritu y de su alma.
Acabé el primer grado y al llegar a mi aula de segundo, encontré quizás a una de las más dulces maestras de mi vida: Ida Escalante. No solo era alta, también tenía la virtud de enseñar con un susurro de voz, que a veces ni se escuchaba, pero era tal el respetuoso silencio reinante, que pude, perfectamente recibir sus enseñanzas.
Y así, casi de repente, me ví en otra aula, la de tercero. Ahí sí que me quedé pasmado con la maestra, residía en Palma Soriano y viajaba diariamente a Bayamo para dar clases. Inés Fernández, una mujer de gran estatura, bueno, la recuerdo así desde mi pequeña altura. Buena persona y buena maestra.
Un día Inés no se presentó en el aula. Dijeron que se había marchado para La Habana. Luego me enteré que era una conspiradora contra la tiranía batistiana y ante amenazas de muerte, optó por el exilio en la capital cubana.
Ese percance me permitió entrar en contacto con otra maestra, bien preparada ella, pero de unos nervios saltarines. Eddy Pineda.
Con una regla casi hizo un hueco en su escritorio, llamándo al silencio y a la organización. Lograba por momentos controlar la situación, pero seguidamente los reglazos parecían disparos y perdía la paciencia. No pocas veces hizo blanco en mí aquel largo rectángulo.
Un día, no recuerdo la causa, apareció en el aula otra maestra: Anitica. Llegaba con un historial tremendo en eso de poner a cada alumno en su lugar, a tal punto, que traía el apodo de Amansaguapo.
De verdad que lo tenía bien ganado. Iba por la fila doble, desde el principio hasta el final, dando reglazos con una velocidad en los brazos que ya quisieran posee algunos peloteros cubanos.
Pero era buena Anitica, desde sus espejuelos nos escrutaba la mirada, buscando alguna duda en la asignatura que se impartía, para aclarar, para ayudar.
Y llegó Clara Jardines, santiaguera, maestra de quinto grado. Amable, graciosa, puntual y eficiente. Clara tenía conocimiento y bondad. Poseía uno de esos dones hermosos del ser humano, era solidaria y ayudaba hasta el cansancio al que no alcanzaba a entender lo que explicaba.
Esta es una visión de mis maestras, desde el preescolar, hasta el quinto grado. De todas guardo hermosos recuerdos. Todas me enseñaron a ver la vida de manera diferente. Me enseñaron amor a la tierra donde vivo y amor a la Patria que me enaltece.
AL BUEN HOMBRE QUE LLAMAMOS OCHENTA
La tierra bayamesa acogió, hace ya algún tiempo, a un hombre que se distinguió por su entrega absoluta al trabajo, a su familia y a su pequeña comunidad.
Años atrás, realmente muchos años, llegó a Bayamo, y desde ese instante comenzó a tejer las amistades que hoy le recuerdan con el cariño que se le profesa a los que han regado con su bondad el entorno donde sembraron sus buenas acciones.
Siempre lo vimos en los trajines laborales, sabiéndose responsable de una numerosa familia, no dejó de buscar el sustento de manera honrada todos los días de su vida y de esa manera se le recuerda en muchas actividades.
Inolvidable para el pueblo aquel puesto de venta que tuvo en las intersecciones de las calles Martí y Augusto Márquez, sitio mas conocido por la Algarroba. Allí en aquellos años muy dificiles del período pre-revolucionario, también derrochó amistad y solidaridad.
Y siguió su rumbo por la vida, cosechando los frutos de su trabajo y haciendo que sus descendientes se formaran en la mas absoluta transparencia moral y laboral.
En los últimos años lo pudimos ver en la distribución de hielo a las entidades gastronómicas bayamesas, haciendo con su labor que la felicidad reinara en muchos de esos sitios de esparcimiento popular.
Él es de esos hombres que no se resignaron a la jubilación, no se acogió a ella, para contribuir, desde su humilde puesto, a nuestra sociedad que lo recordará siempre.
Aquella figura grande, de sonrisa noble y pausado caminar, ya no ocupará más su lugar en el área de trabajo, la vida, esa vida que tanto amamos finalizó para ese gigante de ébano, que ahora quedará en nuestra memoria.
No nació en Bayamo, pero alcanzó la gloria que significa ser hijo de este pueblo, y por eso nos dejó la descendencia que lleva en su sangre la idiosincracia de la ciudad que tanto amó.
Lo llamamos siempre por OCHENTA, pero su nombre, desconocido para la mayoría, era Franklin Hipólito Clark.
Años atrás, realmente muchos años, llegó a Bayamo, y desde ese instante comenzó a tejer las amistades que hoy le recuerdan con el cariño que se le profesa a los que han regado con su bondad el entorno donde sembraron sus buenas acciones.
Siempre lo vimos en los trajines laborales, sabiéndose responsable de una numerosa familia, no dejó de buscar el sustento de manera honrada todos los días de su vida y de esa manera se le recuerda en muchas actividades.
Inolvidable para el pueblo aquel puesto de venta que tuvo en las intersecciones de las calles Martí y Augusto Márquez, sitio mas conocido por la Algarroba. Allí en aquellos años muy dificiles del período pre-revolucionario, también derrochó amistad y solidaridad.
Y siguió su rumbo por la vida, cosechando los frutos de su trabajo y haciendo que sus descendientes se formaran en la mas absoluta transparencia moral y laboral.
En los últimos años lo pudimos ver en la distribución de hielo a las entidades gastronómicas bayamesas, haciendo con su labor que la felicidad reinara en muchos de esos sitios de esparcimiento popular.
Él es de esos hombres que no se resignaron a la jubilación, no se acogió a ella, para contribuir, desde su humilde puesto, a nuestra sociedad que lo recordará siempre.
Aquella figura grande, de sonrisa noble y pausado caminar, ya no ocupará más su lugar en el área de trabajo, la vida, esa vida que tanto amamos finalizó para ese gigante de ébano, que ahora quedará en nuestra memoria.
No nació en Bayamo, pero alcanzó la gloria que significa ser hijo de este pueblo, y por eso nos dejó la descendencia que lleva en su sangre la idiosincracia de la ciudad que tanto amó.
Lo llamamos siempre por OCHENTA, pero su nombre, desconocido para la mayoría, era Franklin Hipólito Clark.
miércoles, 14 de mayo de 2008
BAYAMO, SU RÍO Y LA GENTE
Siempre me he sentido atraído por el río de Bayamo. Desde niño he estado cerca de sus orillas. Bueno, nací a solo unos metros de él, y en el desarrollo de mi existencia, ha estado de manera permanente muy cerca de mi, por muchas razones, fuertes e ineludibles.
Fuertes, porque para un ser humano mediterráneo, como yo, no queda otra alternativa que el río, e ineludible porque forma parte de mi propia historia, nacida con el diario contacto con esa vía fluvial, propiciada por mi padre, amante de la pesca y quien se bañaba de manera constante en él.
Recuerdo que todas las tardes, al salir de su trabajo, había que llevarle a la casa de mi abuela, la ropa interior que utilizaría luego del baño. Él, mi padre, trabajaba en una fábrica de tabacos muy famosa en la ciudad y que tenía un reconocido nombre. Laboraba ocho horas diarias y salía de allí, quizás con el cansancio necesario que solo el río podría eliminarle.
Por eso y otras razones, la ciudad de Bayamo está bendecida por la naturaleza, pues le regaló un río muy bello, muy dañado en los últimos años por el propio hombre que hoy comienza a tener la conciencia necesaria para revertir tal situación.
Antaño era un río en cuyas orillas podían verse grandes árboles, ofreciendo su sombra a los bañistas, propiciando una imagen bellísima de verdes intensos, menos intensos y sutiles, que al combinarse con el agua, transparente y tranquila, invitaban al descanso, al disfrute mas sano y reparador.
Una buena parte de la ciudad de Bayamo está directamente vinculada al río, que se desliza desde las montañas, contribuyendo con su frescura, a atenuar el calor que tanto nos agobia en esta parte del país, especialmente en los meses de julio y agosto.
Es tal la comunicacion de los bayameses con su río, que durante la lucha contra la presencia colonizadora de España, fue un factor utilizado, por ejemplo, cuando la toma de la ciudad en octubre de 1868. Los mambises cruzaron sus aguas y se adentraron en las calles, para protagonizar el heroico asalto que culminaría con la victoria de los patriotas.
Pero el río es más, mucho más que todo lo expresado: ha sido y es, indiscutible herramienta para el amor. No pocos se han conocido allí y no pocos los que han constituido familia, o quizás disfrutado de amores temporales, que no dejan de ser amores, aunque duren lo que dura el paso del agua por sus cuerpos.
No hay bayamés que no haya disfrutado de sus cálidas aguas, se pueden contar los que no acuden, o por lo menos no añoran, introducirse en él, en compañía de la familia, de los vecinos, de los amigos, a veces, llevando los alimentos para cocinarlos en improvisadas cocinas al aire libre, uniendolos más a esa arteria fluvial.
Desde hace ya algún tiempo, sus aguas están represadas, para utilizarlas en acciones de bien común, y en la evitación de grandes inundaciones que puedan poner en peligro la vida y las propiedades de las personas.
Resumiendo, podemos decir que el río Bayamo, sigue siendo un atractivo, una invitación, para que la gente del pueblo, acuda a él, en busca de sosiego, tranquilidad, amores y recuerdos, y estos últimos, se quedan, no se los lleva la corriente.
Autor: David Rodriguez Rodríguez
Fuertes, porque para un ser humano mediterráneo, como yo, no queda otra alternativa que el río, e ineludible porque forma parte de mi propia historia, nacida con el diario contacto con esa vía fluvial, propiciada por mi padre, amante de la pesca y quien se bañaba de manera constante en él.
Recuerdo que todas las tardes, al salir de su trabajo, había que llevarle a la casa de mi abuela, la ropa interior que utilizaría luego del baño. Él, mi padre, trabajaba en una fábrica de tabacos muy famosa en la ciudad y que tenía un reconocido nombre. Laboraba ocho horas diarias y salía de allí, quizás con el cansancio necesario que solo el río podría eliminarle.
Por eso y otras razones, la ciudad de Bayamo está bendecida por la naturaleza, pues le regaló un río muy bello, muy dañado en los últimos años por el propio hombre que hoy comienza a tener la conciencia necesaria para revertir tal situación.
Antaño era un río en cuyas orillas podían verse grandes árboles, ofreciendo su sombra a los bañistas, propiciando una imagen bellísima de verdes intensos, menos intensos y sutiles, que al combinarse con el agua, transparente y tranquila, invitaban al descanso, al disfrute mas sano y reparador.
Una buena parte de la ciudad de Bayamo está directamente vinculada al río, que se desliza desde las montañas, contribuyendo con su frescura, a atenuar el calor que tanto nos agobia en esta parte del país, especialmente en los meses de julio y agosto.
Es tal la comunicacion de los bayameses con su río, que durante la lucha contra la presencia colonizadora de España, fue un factor utilizado, por ejemplo, cuando la toma de la ciudad en octubre de 1868. Los mambises cruzaron sus aguas y se adentraron en las calles, para protagonizar el heroico asalto que culminaría con la victoria de los patriotas.
Pero el río es más, mucho más que todo lo expresado: ha sido y es, indiscutible herramienta para el amor. No pocos se han conocido allí y no pocos los que han constituido familia, o quizás disfrutado de amores temporales, que no dejan de ser amores, aunque duren lo que dura el paso del agua por sus cuerpos.
No hay bayamés que no haya disfrutado de sus cálidas aguas, se pueden contar los que no acuden, o por lo menos no añoran, introducirse en él, en compañía de la familia, de los vecinos, de los amigos, a veces, llevando los alimentos para cocinarlos en improvisadas cocinas al aire libre, uniendolos más a esa arteria fluvial.
Desde hace ya algún tiempo, sus aguas están represadas, para utilizarlas en acciones de bien común, y en la evitación de grandes inundaciones que puedan poner en peligro la vida y las propiedades de las personas.
Resumiendo, podemos decir que el río Bayamo, sigue siendo un atractivo, una invitación, para que la gente del pueblo, acuda a él, en busca de sosiego, tranquilidad, amores y recuerdos, y estos últimos, se quedan, no se los lleva la corriente.
Autor: David Rodriguez Rodríguez
Suscribirse a:
Entradas (Atom)