A
solicitud de nuestros lectores publicamos las palabras del Historiador
de la Ciudad de La Habana, Eusebio Leal, durante la sesión solemne de la
Asamblea Municipal del Poder Popular baracoense, para conmemorar el
medio milenio de fundada la otrora Villa Nuestra Señora de la Asunción
de Baracoa, el 15 de agosto de 2011.
Quisiera agradecer este honor inmerecido que por segunda vez en una
década se me concede, el de poder hablar - en la ocasión anterior, en
una mañana tórrida frente al palacio del gobierno - hoy en este teatro,
cuando apenas la noche comienza para los baracoenses, cuya juventud está
en la calle disfrutando de la fiesta merecida y espectadora de un
acontecimiento, sin lugar a dudas, importante: la celebración del medio
milenio de la fundación de la Villa de Nuestra Señora de la Asunción de
Baracoa.
Hace unos momentos hemos asistido además, a un acto religioso, si se
tiene en cuenta que en aquella oportunidad, hace 500 años, la religión
católica y apostólica era parte esencial de la visión de la España de su
tiempo. Sus reyes se habían proclamado y habían recibido el título de
católicos que quiere decir universales.
Isabel y Fernando recibieron a un hombre tenido por unos como loco y
por otros como alucinado. Había nacido Cristóbal Colón, todo parece
indicar, en la Torre de la Olivella, en una de las puertas de Génova. Se
consagró al servicio de la corona española, después de haber tocado
distintas puertas, entre ellas las del rey de Portugal. Sus majestades
lo recibieron cerca de Granada, en un lugar llamado Santa Fe, donde se
hallaba el campamento que sería testigo del último momento de la
dominación política musulmana en suelo español; dominación que había
comenzado en el año 711 de Nuestra Era, cuando atravesando el estrecho
que divide al África del Norte de la península, penetraron en oleadas
subiendo sucesivamente y arrasando los territorios e imponiendo una
nueva fe, la del Islam.
Desde 1711 hasta 1492, una contramarcha fue reconocida con el título
de reconquista y surgieron canciones de gesta, héroes populares cuyo
nombre aun se recuerda con respeto y temor. Se cuenta que, muerto uno de
aquellos batalladores dentro del recinto de su castillo, animáronse los
adversarios a tomarlo y reunidos los caballeros decidieron abrir la
losa de su tumba, colocarlo sobre su caballo, sostenerlo sobre una
cruceta de madera y situar en su mano su espada temible. Abrieron
entonces las puertas del castillo y sintieron los adversarios tal terror
que se pudo decir: ¡Mio Cid gana batallas aun después de muerto!
De esa leyenda y de esa historia aurea, forman parte también momentos
de coexistencia de dos culturas, de dos civilizaciones formadas por
pueblos múltiples que en un mismo territorio lograron comunicarse por la
ciencia, por el arte y esencialmente por la cultura. Córdoba y Toledo
fueron escenarios propicios para aquél diálogo; particularmente Córdoba
donde, en un momento oportuno, los grandes sabios del mundo judío y del
musulmán, dialogaban en paz sobre la base del conocimiento de la
Astronomía, la Matemática y las ciencias. Nombres como el de Averroes,
el de Avicena, llenan páginas de la historia de la cultura y de la
sabiduría universal.
Pero el destino de los pueblos - como se decía hoy -; destino
prácticamente de la humanidad, llevó a que esa batalla por el ser
nacional, forjase la unidad de los distintos reinos que florecieron en
dos nombres, el de Isabel y el de Fernando. Una mujer tan importante
(Isabel) que hizo valer el género al imponer en su escudo un lema que lo
decía todo. Un yugo, signo del enlace de dos animales fuertes de tiro y
un mazo de flechas que formaban esa unidad: “Tanto monta, monta tanto,
Isabel como Fernando.”
Tan convencida estaba Isabel de la causa de aquél peregrino, que lo
recibió en el campamento de Santa Fe precisamente, pocos días o semanas
antes de que se consumase la gran victoria que hizo huir de Granada al
rey Boabdil. Se cuenta que en el momento de su partida, su madre árabe
encolerizada le increpaba: “No llores como mujer lo que no supiste
defender como hombre.”1
Sin embargo, quedó un profundo legado cultural. Por eso, cuando
siglos más tarde, estudiando en Aragón su carrera de Derecho,
aprendiendo las tablas y la ley romana para su examen; interrumpidos los
estudios por la sublevación popular y por su dramático aplastamiento,
un poeta cubano, el joven José Martí, habla desde el teatro de Zaragoza,
invoca a los grandes bardos y recuerda que la poca flor de su vida
floreció allí, cristalizó allí, en tierra musulmana o española.
Y esa España que expulsó a los judíos por consejo del cardenal
Cisneros, unas horas antes de la partida de Cristóbal Colón, el 3 de
agosto de 1492, iba a ser protagonista de un acontecimiento que
cambiaría la Historia; un acontecimiento que permitió la ampliación del
mundo hasta entonces conocido. Solamente los grandes sabios presumían
que el viejo orden estelar, que la vieja concepción geográfica, estaban
agotados. Pero pocos se atrevían, por temor al dogma religioso, a
proclamar la realidad que en realidad - valga la redundancia - no era
una oposición a la fe, aunque como tal fue considerada.
De esa manera Colón inició su viaje partiendo de Palos de la
Frontera, y llegó a América aquel 12 de octubre de 1492. La Iglesia,
sabia milenaria, conocía - y así está pintado en la tercera galería de
los palacios apostólicos vaticanos, la llamada Galería de los mapas -,
la existencia de tierras más al norte. Se dice que los vikingos
cristianizados fundaron al norte Vinlandia 2 y que, de hecho, conocieron
América antes del histórico viaje del 12 de octubre de 1492. Pero no
regresaron para contar su historia.3
Si importante fue el viaje de Colón, más importante fue su regreso.
El regreso cambió la historia de la humanidad. El mundo se amplió. El
escenario fue tan magno que ni él mismo se dio cuenta ni fue posible
abarcarlo en sus conocimientos y en su imaginación. Un hombre con un pie
en la Edad Media y el otro en la Modernidad, creía que podía hallar
todavía en esta parte del mundo, el oriente del extremo Oriente. En la
escuela se nos enseñó que buscaba un camino más corto para llegar a la
India. Es más, al llegar a las costas de Cuba creyó que había llegado a
Cipango, el Japón; creyó que había llegado a Cathay y que podía hallarse
entre los bosques de Holguín a los representantes del Gran Kan, del
cual había hablado con emoción Marco Polo en sus memorias.
Sin embargo, todavía creía que debía buscar más: el paraíso terrenal
que estaría en lo alto de una montaña de la cual descenderían los
grandes ríos del universo. Pero no fue así. En ese primer viaje se halla
frente a la bahía hermosa de Baracoa, aquel día 27 de noviembre de
1492; y poco antes, del 27 al 28 de octubre, en un punto de la costa de
Holguín llamado Bariay. En aquel lugar se produjo el encuentro con
nuestro mundo, con nuestro archipiélago, con nuestra gran isla, a la que
llamó Juana; un nombre efímero, como efímera sería la vida del príncipe
Juan4, como efímero sería el reino de Juana5 su hermana, demente por un
amor infinito, que recorrió toda España llevando el féretro de su
esposo muerto, Felipe, El Hermoso.
Ante las costas de Cuba la emoción es inmensa. A nosotros los
cubanos, no acostumbrados por lo general a venir a esta latitud
baracoense, como lo hicimos nosotros en un vuelo que, a baja altura, nos
mostró el privilegio increíble de esos montes impenetrables, nos es
necesario meditar lo que sería este otro mundo para hombres que venían
de otro clima, de otra naturaleza, del sur de España; un Sur ardiente
donde todavía estaba con una fuerza imponderable el mundo árabe, con sus
costumbres, con su comida, con su música. Y de pronto, hallarse en esta
parte.
Frente a las costas de la actual Venezuela y viendo el esplendor del
río Orinoco salir a las aguas varias leguas fuera de su desembocadura,
manchando el mar terroso que viene de las altas montañas y de las
lluvias torrenciales, llegó Colón a escribirle a los Reyes Católicos que
había arribado a una “tierra infinita” y que en esta parte, tenían
“vuestras altezas” un “otro mundo.”6
Es la primera vez que confiesa tal cosa, enfrentándose a las
creencias y los conocimientos de aquella época. Mucho se discutió en
1992, si debíamos celebrar o conmemorar. Conmemorar sabemos que es hacer
memoria. Celebrar es júbilo. Yo creo que la Historia no es como
quisiéramos, es como fue. Es la Historia de la Humanidad.
Quizás nosotros hemos sublimado en ciertos momentos la propia
historia de América. Sería considerar como prohombres a los soldados y
capitanes que salieron de Santiago de Cuba siguiendo a un joven de
veintitantos años, Hernán Cortés, quien tenía conocimientos de Derecho y
suficiente hombría y valentía como para conquistar a un mundo, sin
comprender que las propias contradicciones en el seno de la sociedad
imperial-prehispánica mexicana, llevaron a que parte de los pueblos
tributarios y oprimidos, se convirtiesen en una masa que subió
acompañándolo hasta la ciudad más bella. Tenochtitlán había sido
comparada por los soldados que venían de Italia con Venecia, como
también llamaron Venezuela al gran palafito que vieron sobre el lago
Maracaibo, en la Venezuela actual. Una pequeña Venecia… pero aquella no,
aquella era la ciudad idílica parecida a Cartago, sobre el centro de
una laguna, donde un emperador, Moctezuma II, creía que se habían
cumplido las profecías de los tiempos y que miraba con espanto el
regreso desde el mar, de un rey que una vez partió, blanco y barbado,
que se llamaba Quetzalcóatl. Se dice que espantado se le contó que aquel
cometa que cruzó el cielo de América ese año, era el símbolo de un
terrible acontecimiento.
Lo cierto es que, en las tranquilas aguas del Oriente de Cuba y en
las de Baracoa, se detuvo Colón con justeza, contemplando aquella
maravilla. Nada, absolutamente nada conocido, ni la isla de Kio, ni las
tierras británicas de Bristol, ni nada del mundo que él había recorrido,
podía parecerse a tan extraña y extraordinaria maravilla.
Le asombran los pinares, las palmas jamás vistas, los mares colmados
de peces; le sorprenden también la infinitud de pajaritos. Estando en
las inmediaciones de Gibara compara la Silla de Gibara con la Peña de
los Enamorados, cerca de Sevilla, o cuando gozoso recuerda, que como en
Sevilla en verano, hasta en la orilla de las playas florecían margaritas
y bledos.
El asombro de América fue infinito y grande. Y fruto de ese encuentro
somos todos nosotros, absolutamente todos. Esta reunión no podría
celebrarse sin aquel acontecimiento. Un mestizaje que nació de la
violencia o el amor, fue posible. Hernán Cortés, a quien habían regalado
una muchacha en una isla cerca de la costa mexicana, la convirtió en su
hábil traductora y también en su amante, y con ella tuvo un hijo,
Martín Cortés, sobre el cual dijo Martí, que el primer rebelde le había
nacido al conquistador en América.
Entrando en la Mezquita de Córdoba, uno de los monumentos más
hermosos del mundo, sinagoga, templo… resulta que allí está enterrado el
Inca Garcilazo de la Vega, hijo de un conquistador español con una
princesa inca. Él se llamó Garcilazo Inca de la Vega.
La más grande poeta que vino al mundo en América, Sor Juana Inés de
la Cruz, Juana de Asbaje, llevaba también la sangre española y la sangre
mestiza de México. Y ella, que se llamó la peor de todas, fue sin
embargo la primera. Bella como la ha pintado Miguel Cabrera, en el seno
de su claustro, llevando el hábito de la Orden de las Jerónimas, llena
de libros, de artilugios para mirar el mundo, de esferas, de tantas
cosas prohibidas entonces al conocimiento de la mujer.
Ese choque fue necesariamente violento; era inevitable. Fue la
historia de Roma con los reyes antiguos. Fue el horror de Roma con
Etruria. Fue el destino de las ciudades griegas, enfrentadas unas a
otras. Fue la Historia de la Humanidad. Fue la historia del primer
emperador de China que se hizo enterrar con un ejército y su tumba aun
permanece cerrada, que fue dominando una por una las otras etnias de
China hasta crear un imperio. Fue la historia de Caín y Abel repetida en
el duelo terrible entre Huáscar y Atahualpa, los dos hijos que debían
repartirse el imperio y no luchar el uno contra el otro por tenerlo.
Todo eso fue una gran verdad. Hay otra gran verdad: España se entregó
a América con sus grandezas y con sus limitaciones, pero se entregó
toda. Trajo la espada, es verdad, pero sembró este entorno de
universidades que fueron centro del conocimiento. La primera el Colegio
de Gorjón, en Santo Domingo, que no llegó a ejercitarse; la segunda, la
Universidad de Lima, la de San Marcos; la de San Gerónimo de La Habana,
tardía pero temprana para nuestra historia, en 1728.
Vasco Porcallo de Figueroa, quien se hallaba asentado en lo que es la
tierra espirituana, se encontró ya mayor y cansado para partir a la
conquista, y se dice que le llevaban los frutos maravillosos de la
tierra de aquella parte de Cuba, y que cargado en una litera, le
precedían sus mujeres indias y más de 350 hijos naturales que tuvo con
ellas. Había nacido una nueva realidad. Las sangres se mezclaron y
Rumiñahui, el gran héroe de la resistencia indígena en Ecuador, que
había exclamado en una oportunidad que su tribu era grande y no les
alcanzaría el cordel para atarlos, tenía sus poderosas razones. En
definitiva, unidas las carnes, las sangres, las pieles, nació en
realidad un nuevo mundo.
Cuando Bolívar consiguió su gran creación política, le llamó Colombia
por Cristóbal Colón. Le restituye el nombre, cambiando aquél que en
honor a Américo Vespucio, le había dado un cartógrafo alemán,7 cuando en
realidad nadie sabe, todavía hoy, cómo se llamaría ese todo. Una parte
era el Taguantinsuyo, otra parte el mundo de los Mechicas. Toda América
era otra cosa, lo que Martí llamó más tarde, para ser más perfecta,
Nuestra América.
La España que llegó a nosotros con Cristóbal Colón y que plantó las
veintinueve cruces de las cuales hasta nuestros días la única que se
conserva es la de Baracoa, era mestiza. El gran poeta Antonio Machado
había expresado en unos versos inolvidables, refiriéndose a España, que
se habían vertido en esa península cien pueblos desde el Peñón de
Algeciras hasta las aguas azules del Cuerno de Oro.
Y África, desde el Cuerno hasta Guinea, vino en la multitud de sus
pueblos. Como fueron naciones conquistadas, esclavizadas y vencidas, no
sabemos cuántos príncipes, cuántos poetas, cuántos filósofos, cuántos
Obbas, cuántos sacerdotes, cuántos guerreros vinieron. Sus nombres
permanecen en el absoluto anonimato, pero formaron parte de esa nueva
creación, de esa nueva fuerza que haría de nosotros un pueblo tan
particular.
Bolívar, noble y aristócrata de cuna, libertador de América, cuando
en la isla de Jamaica contempla aquella extraña multitud, medita y se
refiere a que no somos españoles, ni indios y nos define como una
especie de pequeño género humano.
Y eso es lo que veo hoy en esta sala: un pequeño género humano que
celebra nada más y nada menos que medio milenio de existencia, pero no
un día. Con razón mi predecesor Emilio Roig de Leuchsenring, señalaba
que poco debíamos agradecer al tesonero conquistador nacido en Cuéllar,
que había sido encargado por Diego Colón de venir a Cuba y hacer las
fundaciones. Poco debíamos agradecer a Diego Velázquez o a Pánfilo de
Narváez, que fueron más que enérgicos crueles. Guamá, Anacaona, Hatuey,
Caonabo - llevado a España encadenado en un naufragio en el cual todo se
pierde, incluyendo su propia vida -, son parte de la historia dolorosa
de Las Antillas.
Pero he aquí que nosotros, no venimos de los acorazados
conquistadores. Muchos venimos de los emigrantes, de los pobres
provenientes de toda latitud de España. Venimos también del ejército
adversario con el cual peleamos para alcanzar la carta de identidad de
un pueblo verdadero que fue legitimada por nuestra lucha. Había que ser
valiente para enfrentarse a una nación tan poderosa como aquella. ¿Quién
lo hizo? El 10 de octubre (de 1868) Céspedes en La Demajagua. Venía de
cuna noble, de Carrión de los Céspedes, en Andalucía. Rompió aquel día
la cadena.
La rompió Ignacio Agramonte, ilustre también, noble, elegante,
poderoso; su casa de Camagüey es la única que tiene dos plantas. Hermoso
el gesto de Francisco Vicente Aguilera, el criollo más rico de Cuba.
Hermoso el ejemplo de nuestro gran poeta José María Heredia, muerto en
el exilio clamando por una patria que no había nacido todavía.
José Martí no fue hijo de cubanos viejos. Fue hijo de un español
valenciano y de una madre canaria. En el patio de su casa el padre le
vaticinó que no dudaría verle alguna vez luchando por su tierra. Y tuvo
razón.
Y el doloroso debate que él mismo convocó como hombre de profundos
sentimientos humanistas, cuando lo consideró absolutamente inevitable y
fue para él necesario, lo hizo con el dolor de que fuese cuanto antes
guerra generosa, rápida, y su primer pensamiento es a los españoles,
pidiéndoles que entiendan las razones de Cuba, como él las había
explicado con pasión en las cortes de España a Cristino Martos, durante
su primer exilio: “Para Aragón, en España, / Tengo yo en mi corazón / Un
lugar todo Aragón, / Franco, fiero, fiel, sin saña. / Si quiere un
tonto saber - dice a continuación en el poema -, / Por qué lo tengo, le
digo / Que allí tuve un buen amigo, / Que allí quise a una mujer.” Y
cuando finaliza: “Amo la tierra florida, / Musulmana o española, / Donde
rompió su corola / La poca flor de mi vida.”
Hijo de los grandes poetas del Siglo de Oro, habló el idioma para que
nos sintiésemos orgullosos de nuestra lengua. Luchó bravamente, siendo
la síntesis de todo lo bueno a que Cuba podía aspirar. Una síntesis que
incluía todo lo que le había precedido en el tiempo. Supo dar una
doctrina, un pensamiento, una idea, fundada no en el odio al español,
sino en la necesidad de construir una patria en la cual ellos también
tendrían un lugar si respetaban los derechos de un pueblo que, como
España misma, había soñado y luchado tantas veces por su propia
libertad.
De esa España, de África, de ese mundo perdido indígena, que corre
todavía por nuestras venas, que he visto en el pelo hermoso y en el
perfil altivo de las muchachas de Baracoa; de esa unión indestructible
que pone por encima el espíritu sobre cualquier otro matiz, de ese que
pone la honradez y la grandeza del alma y la consagración a la causa por
la que hemos luchado tratando de encontrar la mayor cantidad de
justicia posible, nace esta conmemoración.
Hoy, nosotros no queremos referirnos solamente a aquel día 15 de
agosto del año 1511. Queremos hablar de 500 años que vimos hoy en la
ofrenda de aquella gente sencilla que venía de los pueblos, trayendo el
calalú, el bacán de plátano, el cucurucho de coco… que subían a la
sierra para ofrecerle a Carlos Manuel de Céspedes, trayendo las jaibas
extrañas, los frutos de la tierra, las bellezas y hermosuras de Cuba.
Ahora bien, el choque de las culturas fue mucho más amplio. Por vez
primera, los obispos y el Papa mismo, vieron casullas y mitras bordadas
con plumas de colibrí. Se asombraron las gentes de estas latitudes
cuando llegó el cacao de México. Se asombraron siglos después cuando
José Antonio Gelabert trajo el café a Cuba, para convertirlo en nuestra
bebida nacional. Se asombraron cuando el rey permitió traer la primera
colmena de abejas para poblar nuestros montes. Llegó la gallina de
Guinea, el gallo jerezano, llegaron el toro y la vaca, el cerdo y la
cerda, y todo eso pasando por Santo Domingo, y el plátano descendiendo
de África hasta las Canarias, llegando a la isla La Española y saltando
luego a Cuba.
Por eso cuando alguien afirma - y Miguel (Barnet) tenía razón hoy -
qué simplificación es esa de decir que nuestra comida es solamente
arroz, cerdo y frijoles negros; habría que decirlo, que en realidad es
una adaptación de algo que no es nuestro. El arroz lo sembró Nicolás de
Ovando por decreto en Santo Domingo y vino de las Filipinas españolas
atravesando el mar hasta California y llegar hasta nosotros. ¡Y los
cubanos no podemos vivir sin arroz! El frijol negro vino de México y de
Centroamérica. Los primeros cerdos, hembra y macho, los compró Colón en
Sevilla, y gracias a Dios que se multiplicaron.
Quiere decir esto que el mundo se simplificó, pero también llegaron y
se intercambiaron las enfermedades. Los indios morían en masas porque
no sabían soplarse la nariz, porque apareció por vez primera la gripe, o
catarro, o moquillo, como quiera llamarse. Otros adquirieron de las
relaciones prohibidas sin que se sepa todavía si vino o fue, la viruela o
el mal francés, y todo lo que mermó las tierras de América, porque no
habían anticuerpos ni preparación alguna para enfrentarse a lo uno y a
lo otro.
Al final el conquistador fue conquistado. Al final amó tanto a esta
tierra y la quiso tanto, que el hombre de África soñó con regresar
alguna vez, como cuenta Alejandro de Humboldt y luego, consultados los
tatas, los padres de los cabildos y los ancestros dijeron: esta tierra
es también nuestra.
Y cuando en el cementerio chino Flor Loynaz encontró un verso escrito
y extraño, pero hermoso como pocos, nos devolvió un acertijo: si las
frutas de Cuba son tan dulces como las de China y si el cielo de China
es tan azul como el de Cuba, qué importa entonces morir en China o en
Cuba.
Cuba fue primero país, luego fue un sueño de patria en el verso
ardiente de Heredia, de la Avellaneda y de otros, y finalmente, hubo un
sueño de nación, por la cual luchamos tan fieramente que el general
español Teófilo Ochando, nacido en Santiago de Cuba y asistente de
Martínez Campos, el príncipe de la milicia española, llegó a decir:
“como si con la sangre española hubieran heredado las cualidades
instintivas de los guerrilleros , que tan pródigamente ha producido
nuestra patria desde Viriato y Mina”,8 hasta Daoíz y Velarde. Lo cierto
es que Mina sería fusilado luchando por la independencia de México y que
los sacerdotes que sacralizaron la conquista se levantaron contra ellas
con Montesinos, con Rentería, con Las Casas. Se convirtieron luego en
soldados temibles con Hidalgo, con Morelos, con Matamoros. Se
convirtieron en filósofos del pensamiento más avanzado, con el Padre
Varela. Y de todo eso, grande y amplio, venimos.
Queridos y amados amigos,
Volábamos esta tarde y mirábamos el Tibaracón roto, por el cual
quizás se abrieron paso los hombres de la Goleta Honor, aquel día de
abril de 1895. En tierras de Guantánamo, Duaba, a la vista de Baracoa,
el caudillo de los orientales, Antonio Maceo, desembarcó con los suyos y
en lo alto de los montes, los disparos de su revólver 44 marcaron la
señal de un debate que comenzaba.
En esos mismos escenarios de combate reconoció Antonio la bravura del
hombre que había tenido la fe, contra todo pronóstico, de traer a Cuba
aquella expedición: el Mayor General Flor Crombet. Al sentir los
fogonazos de su fusil en el monte, tras la emboscada tendida por fuerzas
enemigas en la loma de Alto de Palmarito, aseguró: ese que se bate es
Flor.
Fue Playitas de Cajobabo, al este de Baitiquirí, en Guantánamo, la
tierra por la cual, aquel otro día glorioso, el 11 de abril de 1895 - un
día después de que se conmemorara la gran utopía democrática del pueblo
cubano, la Constitución de Guáimaro -, tocaron tierra los hombres
encabezados por Máximo Gómez, a quien Martí había advertido solemnemente
en Santo Domingo antes de conminarlo a participar en las luchas
independentistas de Cuba: “…no tengo más remuneración que brindarle que
el placer del sacrificio y la ingratitud probable de los hombres.”9
Es por eso que es hermoso volver a Baracoa en este día. Es hermoso
encontrarnos pensando en aquellos que tuvieron fe en medio de la noche
oscura, tocando las puertas de los conjurados y llevándose a Félix
Ruenes con sus compañeros, a salir al camino de los recién llegados. Fue
Periquito Pérez, nacido del seno de una familia contradictoria, como lo
había sido su propia vida, el salvador de los expedicionarios, el que
los encuentra, el que se los lleva, el que los arma, el que los levanta.
Es por eso que, hasta el día de hoy, podemos reunirnos en el seno de
este pueblo noble, que se ha vestido con sus mejores y más modestas
galas, para recibir este quinto centenario. Son cinco siglos de historia
y de acumulación. Escuchamos a los jóvenes recitar poemas ardientes.
Escuchamos
La Bella Cubana de Joseíto White, que complacía a
Martí en el exilio. Hemos escuchado en estos años de lucha y de
Revolución las palabras de El Apóstol que nos repite al oído: luchemos
por alcanzar la mayor cantidad de justicia posible.
Por eso es por lo que hemos luchado. Por alcanzar la mayor cantidad
de justicia posible. Ellos, los españoles que están con nosotros
representados hoy en la persona de su embajador, comparten con nosotros
también, allá, en la raíz profunda de su pueblo, las cosas que
engendraron en nuestros corazones. Ellos fueron los que trajeron a los
obreros anarquistas que fundaron los sindicatos.
Fue un español el fundador del Partido Comunista de Cuba junto a
Julio Antonio Mella. Fueron españoles aquellos que desertaron de su
propio ejército para abrazar al pueblo cubano y servir a España por
deber, y a Cuba por amor. Ellos son los gallegos fareros como el que
estaba en Maisí o Machado que estaba en lo alto de El Morro, o son los
pescadores gallegos que acostumbrados al Cantábrico, pescaron en las
costas de Cuba enseñando a nuestros pescadores los misterios del mar.
Fueron esos rudos batalladores los que se encontraron finalmente, con
que sus hijos habían crecido. Y que fueron capaces de continuar la
guerra que en las aguas de Santiago, un funesto 3 de julio de 1898,
perdió una Armada10 contra un infinito enemigo superior.
Esa batalla antiimperialista y antiyanqui, la hemos continuado porque
llevamos en la sangre nuestra la de Guamá y la de Hatuey; la sangre de
los esclavos redimidos que lucharon y combatieron hasta convertirse en
los grandes titanes, como aquel Salvador Colomón, de Bayamo, que
descabeza al pirata francés Gilberto Girón, y que se convierte en el
poema de Silvestre de Balboa, en el primer canto de gesta de nuestra
historia.
Nosotros somos vuestros hijos. Hemos crecido, eso sí, en un mundo
diferente. Hemos soñado con una utopía. Hemos creído en la necesidad de
recorrer nuestro propio camino, nuestros propios extravíos, de alcanzar
nuestras propias experiencias y fundar una patria nueva en este
continente preñado todavía de injusticias y de pobreza, en nombre de la
libertad.
Por eso es que nos hemos reunido 500 años después. Bendita sea la
tierra de Baracoa y su gente guapa, bonita y juiciosa. Bendita sea la
santa cruz que hoy quedó expuesta al pueblo de Baracoa como Monumento
Nacional de la República. Es parte de nuestra sangre, de nuestra
cultura, de nuestra verdad, de nuestra singularidad, de nuestra
esperanza.
Por eso, cuando el obispo11 hablaba de los 400 años de la Virgen de
la Caridad, decíamos, eso ocurrirá ya muy pronto. ¿En dónde? En la bahía
de Nipe. ¿En qué circunstancias? En medio de un temporal. ¿Quiénes la
hallaron? Tres. ¿Dónde iban? En una barca. ¿Qué buscaban? Sal, que es la
sal de la vida, la sal de la esperanza, la que le da sentido a las
cosas. ¿Qué hallaron? Una blanca paloma, una niña dormida. ¿A dónde la
llevaron? Al Hato de Barajagua. ¿A dónde fueron? Al Real, de esclavos
del Rey en las minas de El Cobre, cerca de Santiago de Cuba. Y aquí se
convirtió, mulata, en la realidad de nuestro pueblo mestizo. Y que la
hayan encontrado tres Juanes, un blanco, un negro y un español, o dos
inditos transculturados que ya hablaban el idioma, indica que la Virgen
es Cuba, que la barca es Cuba, que vivimos en el ciclón y que en la
barca van las tres sangres sin las cuales no podemos de forma alguna
explicar esta historia.
La explicamos en español, pero no podemos explicarla sin África, no
podemos explicarla sin ese mundo maravilloso que florece en nosotros y
que solamente puede expresar - únicamente - la poesía.
Muchas gracias.
- Se trata de Gonzalo Jiménez de Cisneros, consejero de Isabel la Católica.
- Del término Vinland, tierra de vino.
- BACHILLER Y MORALES, Antonio. Antigüedades americanas. Noticias que tuvieron los europeos de la América antes del descubrimiento de C. Colón. La Habana: Oficina del Faro Industrial, 1845.
- El Príncipe Juan, hijo de los Reyes Católicos, murió el 4 de octubre de 1497 a la edad de 19 años.
- Juana, tercera hija de Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón (Reyes Católicos)
- “Vuestras Altezas tienen acá otro mundo, de adonde puede ser tan
acrecentada nuestra santa fe y de adonde se podrán sacar tantos
provechos. Deo Gracias.” (En FAZIO FERNÁNDEZ, Mariano. La América ingenua: Breve historia del descubrimiento, conquista y evangelización de América. Argentina: Ediciones Dunken, 1996)
- A Américo Vespucio se le tiene por el primer europeo en comprender
que las tierras halladas por Cristóbal Colón formaban un continente. Fue
el geógrafo y cartógrafo alemán Martín Waldseemüller quien empleó por
vez primera el término América para denominar al Nuevo Mundo, en honor
al navegante italiano, lo cual puede constatarse en su obra Universalis cosmographia secundum Ptholomaei traditionem et Americi Vespucii aliorumque lustrationes, publicada en 1507.
- Ovando, Teófilo. El General Martínez Campos en Cuba. Madrid:
Imprenta de Fortanet, 1878, p. 155 (”…en los combates individuales, de
guerrillas, sorpresas y emboscadas, han mostrado una agilidad, un ánimo,
sangre fría y sagacidad tales, que ayudados por su conocimiento del
monte, hacía de cada uno de ellos un jefe, y de todos, un enemigo
terrible por su astucia, audacia y movilidad, como si con la sangre
española hubieran heredado las cualidades instintivas de los
guerrilleros, que tan pródigamente ha producido nuestra patria desde
Viriato a Mina, y los innumerables que en nuestras últimas guerras
civiles se han distinguido.”)
- En carta fechada el 13 de septiembre de 1892, en Santiago de los Caballeros, República Dominicana.
- La batalla naval de Santiago de Cuba donde pierden los
representantes de la metrópoli española tuvo lugar el 3 de julio de
1898 a la salida de la bahía de esa ciudad al oriente del país. Al
mando de las tropas españolas se encontraba el Almirante Pascual Cervera
y Topete.
- Monseñor Wilfredo Pino, Obispo de Guantánamo-Baracoa, se dirigió a
los presentes durante la misa celebrada en ocasión de los 500 años de
fundada la otrora Villa de Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa.